Los verdaderos recuerdos no están en una foto, sino en el corazón.
Etimológicamente recuerdo se forma de la unión de “re” que significa de nuevo, y “cordis” que se traduce como corazón; es decir, que recuerdo significa «traer nuevamente al corazón». Este concepto me parece sumamente hermoso. Si bien, la formación de los recuerdos es un tema que ha suscitado el interés de muchos especialistas e investigadores quienes han planteado diversas teorías sobre el origen de estos, siempre me ha preguntado por qué existen recuerdos que simplemente aparecen y te embargan, te llenan de emoción y te hacen sentir, ¿por qué algunos recuerdos se alojan realmente en el corazón?

Hoy, como casi todos los feriados, me hubiera dedicado a hacer nada y tenía pensado hacerlo, perooooo… fui al gimnasio, luego a almorzar con mi mami, pasé por la odontóloga, podóloga y recién regreso a casa, muy cansada, pero pensando en todo lo que conversé con mi mami y reflexionando sobre ¿qué recuerdos se van a mantener conmigo hasta el día que me mi muerte? Varios son lindos, otros no tanto y también hay de aquellos que desearía desterrar de mi mente, pero no puedo. A continuación, compartiré cuatro de mis recuerdos más memorables:
- Mi recuerdo más añejo: Solo veo claramente una tina con agua y una mancha encima flotando. Mi mamá dice que entre el 80 y 85, llegó el agua al barrio donde crecí. Antes de ello, compraban agua y la juntaban en tinas y cilindros. Un día, cuando yo era muy pequeña (nací en 1980), cogí una botella de aceite y no sabe por qué, se me ocurrió echarlo en la tina de agua que habían juntado. Esa es la mancha que veo, el aceite flotando sereno sobre el agua destinada para consumo. Agua que terminé echando a perder. Si bien no es un recuerdo emotivo, es el más viejo que tengo, así que… Punto por eso.
- El retorno de la Reina (mi mami): Cuando tenía 4 años, nació mi hermana Julisa. Recuerdo que mi papá fue a recogerme al jardincito donde estudiaba y casi llegando a casa, me dijo que había una sorpresa. Corrí a toda velocidad, la puerta de mi casa estaba junta y cuando la abrí, mi mami estaba ahí. Tenía un vestido negro de mangas cortas y con bordados naranjas. Estaba haciendo un aderezo en una sartén negra (escribo esto y puedo sentir el olor). La abracé muy fuerte y de inmediato, pregunté por mi hermanita. Corrí al cuarto y ahí estaba, durmiendo tranquila. Era hermosa, la vi y ya la quería.
- El casi homicidio culposo: Cuando tenía 9 años, nació mi hermana Stephanny. Ella tendría poco menos de un año, cuando fuimos a la playa Cantolao en el Callao. Ella no sabía caminar aún, así que teníamos que cargarla siempre. Yo era feliz haciéndolo. Esa su hermana mayor y mi deber era protegerla. Mi mami quería nadar y me pidió vigilarla, pero como siempre, sintiéndome autosuficiente la cargué y la llevé a la orilla. Todo era felicidad hasta que una ola violenta nos golpeó y perdí a mi hermana de los brazos. Puedo recordar con claridad, el terror que sentí al pensar que el mar se la había llevado. Miré hacia el piso y ella estaba entre mis piernas… Debajo del agua. Debo señalar que durante varios veranos, Stephanny tuvo terror al mar. Dice que recuerda haber estado debajo del agua. No le creo.
- El chifa de jirón Cusco: No recuerdo exactamente la edad que tenía, pero era muy pequeña, cuando mi papá me llevó por primera vez al mejor chifa del Callao (de los 80’s). Creo que se llamaba América, no estoy segura, pero, lo que sí recuerdo es que estaba del lado izquierdo del jirón Cusco y a media cuadra de Saenz Peña. El tallarín saltado era espectacular. Puedo recordar su olor y su sabor como si lo tuviera frente a mí en este momento y recuerdo que era feliz.
Quizá este último recuerdo le dé la impresión errada de mí. No crea usted que es un recuerdo de glotona, sino que ese chifa era sinónimo de compartir con mi papá. Un hombre que siempre fue frío y esquivo, que no te tomaba de la mano y caminaba siempre delante de ti, pero que a pesar de ello, tenía pequeños momentos en que parecíamos un padre e hija de verdad. Recuerdos felices de mi infancia los cuales tienen que ver con él preparando tallarines con huevo o haciendo algún tipo de Tacu Tacu con las sobras de los frejoles, comprando pollo o tallarines en el chifa de jirón Cusco. Esos recuerdos que pueden parecer vanos, son valiosísimos para mí.
En estos últimos meses he estado perdiendo la memoria de elementos de mi cotidianeidad. Me olvido el nombre de mis estudiantes y recuerdo sus apellidos (los cuales nunca intenté memorizar), me olvido de algunas palabras (pero no de sus significados), olvido siempre dónde dejo las cosas o para qué me he trasladado a algún punto de casa. Por eso, he decidido empezar a fomentar más recuerdos felices; de esos que cuando los evoque, quizá como un espejismo, quizá como una sombra, me hagan sentir un olor, sabor, sensación, escalofrío… De esos que se almacenan en el corazón y de donde no deben irse jamás; así, cuando mi mente se haya perdido, cuando ya no tenga más espacio para el ayer, un olor, un sabor, una canción, un lugar, me hagan volver a ese momento en que mi corazón fui feliz. Veremos cómo nos va con eso.
