Docente

«La educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego»

William B. Yeats

Algo que siempre me preguntan es si siempre quise ser profesora y navegando entre mis recuerdos, no puedo hallar el momento exacto en que decidí serlo. Quizá cuando estaba en primaria y tuve dos profesoras a las que admiraba tanto que quise ser como ellas, quizá cuando jugaba a la escuelita con mis hermanas y mis juguetes, o quizá ambas situaciones se alimentaron una de la otra para llevarme hasta la posición en la que me encuentro ahora. No sé.

Siempre me atrajo el uso de la pizarra, la revisión de los cuadernos, el corregir exámenes o poner sellos de revisado, y si bien conozco a quienes la vida los fue empujando hasta esta posición docente, en mi caso, me fui lanzando hacia ella más y más.

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¿Cómo matar a una abogada?

«Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar aptos para ellas».

John F. Kennedy

Se llamaba C. Era una jovencita muy vivaz, llena de energía y bastante elocuente, pero sobre todo, impetuosa. Siempre levantaba a voz para aclarar, precisar y sobre todo defender a sus compañeras que se quedaban calladas. Según me comentaron algunas de ella, no le importaba pelearse con otras alumnas por lo que ella creía. Si alguien hablaba mal de ella o de alguna de sus amigas, se peleaba; si se sentía atacada, se peleaba; si alguien molestaba a alguna de sus amiga, se peleaba… Me gusta pensar que si se peleaba con el mundo era por lo que creía justo y en eso, me recordaba mucho a mí.

En clases, cuando alguna de sus compañeras no presentaba algún trabajo o llegaba tarde del recreo, siempre levantaba la voz para defenderlas: «miss, ella no vino el miércoles porque su mamá estaba mal», «miss, no ha hecho la tarea porque estaba enferma», «miss, X ha llegado tardes porque la profesora Y la ha retenido», «miss, ¿puede hablar con X porque se siente mal?», etc. Así, se convirtió en la defensora del pueblo, la abogada de los pobres, en mi futura abogada.

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Docencia

«Si prohibimos generamos un trauma, si consentimos producimos otro. El maestro camina en un delgado riel de equilibrio«.

Constantino Carvallo

Cuando era pequeña el juego que más disfrutaba en las vacaciones de verano, era el de la escuelita. Ahí jugaba a ser la maestra de mis hermanas y cuando ellas no querían, era la maestra de mis peluches, barbies, muñecas pelonas, etc. Siempre quise ser profesora.

En el colegio disfrutaba de enseñar a mis compañeras a resolver algunos de sus problemas matemáticos o de explicarles alguna definición que no les había quedado clara. Aunque a ellas solo les interesara quitarme el cuaderno para copiar de mis tareas, eso no me importa mucho porque siempre quise ser profesora.

Tenía 20 años cuando llegó el momento de buscar trabajo y me emocioné hasta las lágrimas cuando conseguí un puesto en un colegio pequeñito del Callao. Recuerdo ese día como si fuera hoy: caminé lento y llena de expectativas ingresé al salón de tercer grado de primaria donde enseñaría computación. Todos eran tan lindos. Yo estaba feliz porque siempre, siempre, siempre quise ser profesora.

Han pasado 23 años desde esa primera experiencia y la vida me ha llevado por diferentes caminos, todos ligados a la educación; sin embargo, este año que por primera vez en mi vida trabajo en un colegio del estado, es también la primera vez que no disfruto de la experiencia. Este año, por primera vez me cuestiono qué estamos haciendo con la educación, ¿es que ya nos dimos por vencidos?

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La desempleadora…

He sido trabajadora dependiente por 17 años y no puedo negar que el universo (los apus, karma, Alá, Jehová, Dios, etc.) ha sido muy generoso conmigo, ya que cada empleo que he obtenido ha sido mejor que el anterior y en un par de oportunidades he tenido que decidir sobre el futuro laboral de quienes conformaban mi equipo de trabajo, lo que implicaba tener que decidir «dejar ir a alguno de ellos», que léase en buen cristiano significa «despedir a alguien». Situación que detesto desde lo más profundo de mi corazón y que me causa casi tanta ansiedad como escuchar el llanto de un roedor.

Tengo un carácter fuerte y quienes no me conocen (e incluso algunos que sí), creen erróneamente que disfruto despidiendo a personas. No tienen ni idea de lo traumático que puede ser esto para mí… Ponerme a pensar en qué será de sus familias, sus deudas, las cuentas y sentía tal nivel de agobio que terminaba hecha una mar de lágrimas o con dolor en el pecho. Por eso siempre lo he evitado, aunque no pude hacerlo en dos oportunidades.

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