La desempleadora…

He sido trabajadora dependiente por 17 años y no puedo negar que el universo (los apus, karma, Alá, Jehová, Dios, etc.) ha sido muy generoso conmigo, ya que cada empleo que he obtenido ha sido mejor que el anterior y en un par de oportunidades he tenido que decidir sobre el futuro laboral de quienes conformaban mi equipo de trabajo, lo que implicaba tener que decidir «dejar ir a alguno de ellos», que léase en buen cristiano significa «despedir a alguien». Situación que detesto desde lo más profundo de mi corazón y que me causa casi tanta ansiedad como escuchar el llanto de un roedor.

Tengo un carácter fuerte y quienes no me conocen (e incluso algunos que sí), creen erróneamente que disfruto despidiendo a personas. No tienen ni idea de lo traumático que puede ser esto para mí… Ponerme a pensar en qué será de sus familias, sus deudas, las cuentas y sentía tal nivel de agobio que terminaba hecha una mar de lágrimas o con dolor en el pecho. Por eso siempre lo he evitado, aunque no pude hacerlo en dos oportunidades.

La primera fue en la editorial de mis dos temporadas, en donde el joven que colaboraba en la asistencia de capacitaciones, además de no ser muy afable para colaborar, rondaba lo pedante y faltoso. Lo veía tan infeliz en el trabajo que le recomendé a mi jefa que lo cambiara de área. Fue tajante en decirme que no. Que si no colaboraba conmigo, lo despidiera. No lo hice. Cargue con su malhumor y su desmotivación durante meses. Intenté coordinar con él, llegar a acuerdos, pero era imposible. Luego me enteraría que a él le habían ofrecido el cargo que finalmente me dieron a mí, así que imagino me veía como «la usurpadora». Finalmente, no le renovaron el contrato. Me dio muchísima pena, sobre todo, cuando la que era mi jefa me lo comentó muy victoriosa, incluso riéndose y sobre todo, cuando me mostró la carta que él le había dejado y en mi cara, la lanzó al tacho de la basura. Todo el mundo pensó que yo lo había botado o al menos se los hicieron creer.

La segunda fue en la misma empresa, con la segunda asistente de capacitación. Una profesora impulsiva, emocional, resentida, hasta un poco pleitista, cuando estaba de malas; no obstante también era súper amable, colaboradora, animosa, cuando estaba de buenas… Me recordaba tanto a mí… Le hablé tantas veces, pero su propia autoestima la llevaba a rechazar lo que yo le decía o a quedarse solo con lo negativo (¿por qué seremos así?) y enojarse de manera exorbitante. En este caso, pedí que la pasaran al área Comercial porque era muy buena en ventas y convenciendo a la gente. Mi ex jefa «corazón de hielo», dijo que ya NO. Insistí e insistí… Estuve tentada a hablar directamente con el gerente de ventas, pero ya tenía suficientes problemas por su culpa y no quería más. Finalmente, no le renovaron el contrato y ella se fue contenta. No se despidió de mí, aunque tiempo después me mando un whatsapp.

En este momento, me veo en la obligación de reducir a 12 el equipo inicial de 17 formadores que trabajan conmigo. Me pongo a pensar en sus familias, los gastos, la ausencia de ingresos y demás, y nuevamente vuelven el dolor en el pecho, la aflicción, el dolor de cabeza… El sábado en Pisco adelanté a todos que se iban a reajustar los grupos y que se iba a tener que reducir la cantidad de formadores y casi me puse a llorar. Solo les pude decir que «si se cierra una puerta, se abrirán otras». 

Si pasas por casualidad por este blog y te encuentras por un reciente desempleo, no creas que es muy sencillo tomar la decisión de dejar ir a alguien, que no siempre tiene que ver con tu capacidad, son muchísimos factores y, aunque suene trillado, es una oportunidad para mejorar, para descubrir nuevas habilidades, para respirar hondo, mirar hacia adelante y ponerse a la obra, porque siempre, siempre, SIEMPRE se puede volver a empezar.. SIEMPRE!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *