Cierta vez, hablando con la Directora de mi colegio me señaló, muy convencida, que no estaría completa hasta que no fuera madre. Si bien entendí que lo dijo de forma inocente (creo), dejé esa afirmación refundida en la trastienda de mis recuerdos hasta que ayer mi hermana me espetó un “ten tus propios hijos”. Lo que me dolió profundamente. Quizá porque ya estaba sensible, quizá porque me sentía culpable, quizá porque me sentía rota, quizá porque ver llorar a mi madre me quemaba el corazón… No sé.
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¿Por qué el mundo no se puede terminar el próximo viernes?
Mis antiguos espíritus mayas, asumo que en millones de años que han sido mudos testigos de la autodestrucción de esta raza, tienen toda la razón de querer que esta mundana humanidad llegue a su fin, de que las sombras cubran la tierra y que la mano vengadora de alguno de sus dioses separe el trigo de la paja y queme esta última. Sin embargo y aunque esto suene audaz, quiero exponerles por qué yo, Katheíne Esquía Flores, soltera de 32 años, no considera justo que este mundo se termine en exactamente 7 días.
Primero, que 32 años no son nada. No he llegado ni a los 35 que Dante bien llamó la mitad del camino de la vida. Si quitamos los 19 años que me mantuve bajo la atenta vigilancia de mi madre, solo tengo 13 años de vivir bajo mi responsabilidad, mis reglas y por lo tanto, solo 13 años de absorber lo mejor y peor de este mundo; y en eso consiste vivir, ¿no? Experimentar. Si esto no los convence, les diré que hay cosas que no he logrado hacer y que necesito cumplir para poder morir en paz y no, no es sembrar un árbol, tener un hijo y/o escribir un libro; bueno sí, pero no es solo eso.
- Soy soltera y si bien, algunas amigas casadas envidian mi suerte, quisiera algún día, en una galaxia muy muy lejana, conocer a alguien que me trence el cabello, me tome la quijada, acaricie mi mejilla y me mire a los ojos con amor. Es huachafo, lo sé, pero qué le puedo hacer si en el fondo, soy cursi.
- Quiero ser madre porque sé que daría lo mejor de mí para hacer feliz a la niña que llame hija mía. Aún me falta camino por labrar, pero sé que una nena preciosa que no necesariamente llevaré en mi vientre, se cruzará en mi camino, la tomaré de la mano y caminaremos juntas, las dos. Como verán, el esposo no es relevante, en este caso.
- Tengo amigas a las que quiero y con las que no he compartido lo suficiente. Quiero escribirles cartas, mandarles correos electrónicos y hacer las paces, porque no quiero irme de este mundo con la sensación de que una persona a la que quiero, esté resentida conmigo. ¿Por qué no lo hago, aún? Ya saben, mi siempre presente manía de dejarlo todo a última hora y la mala influencia de mi orgullo histórico. Sigue leyendo «¿Por qué el mundo no se puede terminar el próximo viernes?»
Es hora de decir adiós…
Cerrar capítulos, pasar la página, despedirte de alguien, comprender que no va más, aceptar que has perdido, terminar con tu enamorado, darte cuenta que te equivocaste, separarte o hasta incluso tomar la decisión de bloquear a alguien que quieres en el FB, aunque suene superficial, ridículo o cursi… Aceptar que las cosas cambian y que a veces no toman el rumbo que quisiéramos, es duro y para algunos, es terriblemente doloroso.
Hace unos días conversaba con una amiga, sobre una situación nada agradable de unos mensajes muy ofensivos que empezaron a llegarme de la nada y sin motivo, y no porque no tenga enemigos, sino porque los que tengo pueden pagar un auto negro de lunas polarizadas o un asesino de guante blanco (entiéndase sicarios no tan chuscos). Sus palabras me hicieron aceptar algo que ya sabía, pero que no quería ver: «Pero si él es la razón de los mensajes y además ha sido tan inmaduro, por qué no lo sacas de todo. Empieza por sacarlo de tu FB»… «No puedo»… «¿No puedes o no quieres?»… «No puedo… Me da mucha pena».
Y no es que le tenga pena a esta persona en particular (la causante de una o de otra manera de los mensajes), sino me da pena por mí. Me da pena, me duele aceptar que me he equivocado. Me duele pensar que las cosas no van a ser como antes. Me duele haberlo juzgado, sin haberlo escuchado. Me duele porque sé que me diga lo que me diga no le voy a creer. Me duele que aunque sepa que no miento (hago berrinche, soy terca y odiosa, pero no mentirosa), no me crea a mí. Me duele haber perdido a un amigo al que quería tanto… Me duele… Me duele… Me duele. Ayer por la noche empecé a ordenar mi FB, su cuenta me hizo dudar. Finalmente la bloqueé. No quiero que me siga doliendo, no quiero leer cosas que me hagan daño, no quiero enterarme de comentarios que puedan hacerme odiar a alguien, no quiero. Decidí pasar la página y espero haber hecho lo correcto. Sigue leyendo «Es hora de decir adiós…»
PERSONAL
Hace once años, cuando mi papá tenía 51, por algún motivo que desconozco, decidió que la vida que había tenido a nuestro lado por más de 20 años, no lo hacía feliz; así que cogió sus cosas y se fue.
Luego de ese evento, lo vi dos veces más, una cerca de la Navidad del 2002 y otra en la Navidad del 2003, cuando llegaba en un taxi y sin bajarse dejaba una bolsa con víveres para sus hijas. Una mísera bolsa con arroz, azúcar y fideos que asumo él creyó era lo que merecíamos, sus cuatro hijas y su esposa.
¿Qué habíamos hecho? ¿Por qué el rechazó? ¿Por qué el desprecio? Nunca supe qué responderme, pero, a pesar de todo, guardaba mucho cariño por mi padre y esperaba que algún día volviera a casa para estar con nosotras nuevamente. Así fue como esta ilusa mujer de 26 o 27 años, no recuerdo exactamente la edad, se enteró que su padre, estaba con una chica de 25 (nunca olvidaré ese número) y que esta «mujercita» tenía un hijo, un hijo varón, el que mi padre iba a criar como el que siempre había querido. Comprendí lo que ocurría y el amor de hija se me secó en ese momento. Sigue leyendo «PERSONAL»
¿SOLIDARIDAD?
Gracias a quienes que abren los brazos en estos tiempos difíciles.
Mamá siempre me enseñó que en este mundo debemos ayudar al prójimo y que si en algún momento la humanidad se va a la mierda (claro que no usaba esta palabra) sería porque perderíamos nuestra humanidad, esa capacidad para observar al desvalido y tenderle la mano, esa de la que hablaba Vallejo cuando el cadáver, ay siguió muriendo.
Personas que significaron algo en mi vida, no comprendían porque tenía la tendencia a preocuparme por lo que podría pasarle a personas no cercanas a mí y hasta fui tachada de masoquista por sufrir ante el dolor que debería consistir para un pobre anciano, tener que limpiar los vidrios de autos, bajo la lluvia de las 2:00 de la mañana de un invierno limeño. “Si vive esa situación, es porque se la merece”, me aseguró FAMCD (con sus tres nombres y dos apellidos). Han pasado más de cuatro años desde que me dijo eso y hasta ahora me indigna su falta de sensibilidad.
Vallejo creía que la solidaridad era la fuerza que movía el mundo, esta fuerza que podía incluso levantar a un cadáver, hacerlo volver a la vida y echarse a andar. Acudimos a la solidaridad de otros en caso de emergencias y desgracias que nos agarran desprevenidos, solidaridad es la que te muestran tus amigos cuando te extienden en brazo, te dan la mano y te prestan su hombro. ¡Qué rico se siente que cuando estás mal, se te acerquen sin que los busques y te muestren su amor! Eso hacen los amigos.
