Últimamente, TikTok se ha empecinado en mostrarme videos de ancianitos sufriendo a causa del abandono y la soledad. Sea en la ciudad o en el campo, la escena es la misma: ancianos enfermos, solos, sin compañía ni ayuda. Pienso en ello y no puedo evitar llorar, del mismo modo como lloré hoy mientras esperaba una ecografía en Essalud. Un par de abuelitas estaban allí, confundidas, desorientadas. Y me pregunté: ¿terminarán así mis días? ¿Y si un día no puedo valerme por mí misma? ¿Y si cometí un error al decidir no tener hijos?
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Rota
Cierta vez, hablando con la Directora de mi colegio me señaló, muy convencida, que no estaría completa hasta que no fuera madre. Si bien entendí que lo dijo de forma inocente (creo), dejé esa afirmación refundida en la trastienda de mis recuerdos hasta que ayer mi hermana me espetó un “ten tus propios hijos”. Lo que me dolió profundamente. Quizá porque ya estaba sensible, quizá porque me sentía culpable, quizá porque me sentía rota, quizá porque ver llorar a mi madre me quemaba el corazón… No sé.
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Los verdaderos recuerdos no están en una foto, sino en el corazón.
Etimológicamente recuerdo se forma de la unión de “re” que significa de nuevo, y “cordis” que se traduce como corazón; es decir, que recuerdo significa «traer nuevamente al corazón». Este concepto me parece sumamente hermoso. Si bien, la formación de los recuerdos es un tema que ha suscitado el interés de muchos especialistas e investigadores quienes han planteado diversas teorías sobre el origen de estos, siempre me ha preguntado por qué existen recuerdos que simplemente aparecen y te embargan, te llenan de emoción y te hacen sentir, ¿por qué algunos recuerdos se alojan realmente en el corazón?

Silencio
El camino a todo lo grandioso pasa por guardar silencio.
Friedrich Nietzsche
Una de las cosas que más detesto, es el ruido. Me fastidia, me agobia, me estresa, me frustra, me desespera e incluso me hace llorar; sin embargo, trabajo en un colegio, espacio que se caracteriza por el ruido, las voces, los murmullos; mientras que en sesiones debo escuchar a niños gritar, llorar o hablar muy fuerte. A pesar de la afirmación inicial, estos ruidos no me agobian; fastidian, sí, pero no desesperan.
Como podrá adivinarse, una de las cosas que más amo es el silencio. Me calma, me relaja, permite que me ordene, que piense, que pueda dormir, que mi mente caiga en un vacío en donde solo oigo aquello que quiero. Quizá por eso valoro tanto vivir sola. Quizá por eso me gusta tanto trabajar de madrugada, porque cuando toda la ciudad duerme y puedo incluso oír el mar, me siento liberada y mi mente puede volar… A eso llamo libertad.
Siempre Domingo…
Cuando era aún niño, Domingo fue enviado a Lima desde su natal Huancané (Puno) por su padre, quien lo reconoció cuando él ya tenía cumplidos los 12 años. La tía con quien vivió unos pocos años, no lo quería y se lo hacía saber, dejándolo sin comida o botándolo de su casa. Así solo y sin conocer el amor de una familia llegó a la Punta, en donde empezó a trabajar de lo que pudiera. Fue en la Punta, Callao, donde encontró el calor de un hogar, que no era suyo, pero que lo cobijaba aunque sea de a poquito. En la Punta conoció a mi mamá y con ella formó una familia; pero es más que sabido que quien no recibe amor, tampoco sabe darlo. Sigue leyendo «Siempre Domingo…»
