Docente

«La educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego»

William B. Yeats

Algo que siempre me preguntan es si siempre quise ser profesora y navegando entre mis recuerdos, no puedo hallar el momento exacto en que decidí serlo. Quizá cuando estaba en primaria y tuve dos profesoras a las que admiraba tanto que quise ser como ellas, quizá cuando jugaba a la escuelita con mis hermanas y mis juguetes, o quizá ambas situaciones se alimentaron una de la otra para llevarme hasta la posición en la que me encuentro ahora. No sé.

Siempre me atrajo el uso de la pizarra, la revisión de los cuadernos, el corregir exámenes o poner sellos de revisado, y si bien conozco a quienes la vida los fue empujando hasta esta posición docente, en mi caso, me fui lanzando hacia ella más y más.

Ser docente es atravesar un camino intrincado, un mar borrascoso, un cielo huracanado. Hay quienes se dejan llevar, otros que se pierden en el camino y otros que pueden domar diferentes situaciones para salir indemnes. Habemos quienes nos perdemos, que creemos que nos hemos cansado, pero finalmente volvemos al ruedo. Ahí estoy yo.

Pasé 12 años de mi vida en colegios particulares, rodeada de adolescentes favorecidos y si bien tuve a estudiantes a los que quise mucho y de los que guardo bellos recuerdos, también es cierto que me hastié de sus lamentos vacuos, de sus problemas irreales, de la burbuja en que transitan pensando que esa es la realidad. Me aburrí, me cansé, me rendí.

Después de un largo respiro de 11 años, volví a las aulas, encontrándome ahora en un colegio nacional, posición que sin buscarlo ni anhelarlo estará conmigo por los próximos decenios. No puedo decir que sea sencillo, tampoco que sea todo felicidad, pero mentiría si no dijera que nunca me sentí tan conmovida, tan satisfecha, tan dichosa.

Como dice Vallejo, hermanos, hay mucho por hacer… Y eso me hace mucho bien.

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