«Si prohibimos generamos un trauma, si consentimos producimos otro. El maestro camina en un delgado riel de equilibrio«.
Constantino Carvallo
Cuando era pequeña el juego que más disfrutaba en las vacaciones de verano, era el de la escuelita. Ahí jugaba a ser la maestra de mis hermanas y cuando ellas no querían, era la maestra de mis peluches, barbies, muñecas pelonas, etc. Siempre quise ser profesora.
En el colegio disfrutaba de enseñar a mis compañeras a resolver algunos de sus problemas matemáticos o de explicarles alguna definición que no les había quedado clara. Aunque a ellas solo les interesara quitarme el cuaderno para copiar de mis tareas, eso no me importa mucho porque siempre quise ser profesora.
Tenía 20 años cuando llegó el momento de buscar trabajo y me emocioné hasta las lágrimas cuando conseguí un puesto en un colegio pequeñito del Callao. Recuerdo ese día como si fuera hoy: caminé lento y llena de expectativas ingresé al salón de tercer grado de primaria donde enseñaría computación. Todos eran tan lindos. Yo estaba feliz porque siempre, siempre, siempre quise ser profesora.
Han pasado 23 años desde esa primera experiencia y la vida me ha llevado por diferentes caminos, todos ligados a la educación; sin embargo, este año que por primera vez en mi vida trabajo en un colegio del estado, es también la primera vez que no disfruto de la experiencia. Este año, por primera vez me cuestiono qué estamos haciendo con la educación, ¿es que ya nos dimos por vencidos?
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