¿Y si…?

Últimamente, TikTok se ha empecinado en mostrarme videos de ancianitos sufriendo a causa del abandono y la soledad. Sea en la ciudad o en el campo, la escena es la misma: ancianos enfermos, solos, sin compañía ni ayuda. Pienso en ello y no puedo evitar llorar, del mismo modo como lloré hoy mientras esperaba una ecografía en Essalud. Un par de abuelitas estaban allí, confundidas, desorientadas. Y me pregunté: ¿terminarán así mis días? ¿Y si un día no puedo valerme por mí misma? ¿Y si cometí un error al decidir no tener hijos?

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Rota

Cierta vez, hablando con la Directora de mi colegio me señaló, muy convencida, que no estaría completa hasta que no fuera madre. Si bien entendí que lo dijo de forma inocente (creo), dejé esa afirmación refundida en la trastienda de mis recuerdos hasta que ayer mi hermana me espetó un “ten tus propios hijos”. Lo que me dolió profundamente. Quizá porque ya estaba sensible, quizá porque me sentía culpable, quizá porque me sentía rota, quizá porque ver llorar a mi madre me quemaba el corazón… No sé.

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¿SOLIDARIDAD?

Gracias a quienes que abren los brazos en estos tiempos difíciles.

 

Mamá siempre me enseñó que en este mundo debemos ayudar al prójimo y que si en algún momento la humanidad se va a la mierda (claro que no usaba esta palabra) sería porque perderíamos nuestra humanidad, esa capacidad para observar al desvalido y tenderle la mano, esa de la que hablaba Vallejo cuando el cadáver, ay siguió muriendo.

Personas que significaron algo en mi vida, no comprendían porque tenía la tendencia a preocuparme por lo que podría pasarle a personas no cercanas a mí y hasta fui tachada de masoquista por sufrir ante el dolor que debería consistir para un pobre anciano, tener que limpiar los vidrios de autos, bajo la lluvia de las 2:00 de la mañana de un invierno limeño. “Si vive esa situación, es porque se la merece”, me aseguró FAMCD (con sus tres nombres y dos apellidos). Han pasado más de cuatro años desde que me dijo eso y hasta ahora me indigna su falta de sensibilidad.

Vallejo creía que la solidaridad era la fuerza que movía el mundo, esta fuerza que podía incluso levantar a un cadáver, hacerlo volver a la vida y echarse a andar. Acudimos a la solidaridad de otros en caso de emergencias y desgracias que nos agarran desprevenidos, solidaridad es la que te muestran tus amigos cuando te extienden en brazo, te dan la mano y te prestan su hombro. ¡Qué rico se siente que cuando estás mal, se te acerquen sin que los busques y te muestren su amor! Eso hacen los amigos.

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Misery

«En vano tallamos lo mejor posible ese tronco misterioso que es nuestra vida; la veta negra del destino aparecerá siempre.»

Los Miserables, Víctor Hugo

Cuando el sargento Brody regresa a casa,  luego de ocho años de  ser prisionero en Irak, se encuentra con que todo ha cambiado, su esposa, sus hijos, sus amigos. Toda la nación lo ve como un fenómeno, algunos con lástima, otros con desconfianza y su amigo más cercano, lo ve con ojos de decepción, pues en el fondo esperaba que él nunca volviera. Imagino lo miserable que se debe sentir viviendo una vida que no le corresponde, sintiendo que le robaron ocho años de su existencia y que no hay forma de que se le reparen tanto dolor. Claro que solo he visto dos capítulos de Homeland y es probable que al final, la víctima termine siendo el malo de la serie… Cosas de Hollywod!!!

Desdichado, que no vale nada, tacaño y malvado son las cuatro acepciones principales que tiene la palabra miserable y en este momento me siento así, miserable. Miserable porque me siento triste, infeliz, desdichada porque es la  primera vez que me arrepiento terriblemente de una decisión tomada, porque me ha hecho daño y me pesa terriblemente en el alma. Sigue leyendo «Misery»

DEPRESIÓN… (¿hormonal?)

Cuando Aydee se acercaba a los 50, pasó por cambios tan radicales en su conducta que llegó a asustar a las personas que la querían y se interesaban en ella. De pronto, una terrible melancolía se apoderó de ella y la pena era tan grande que terminaba llorando en los lugares menos imaginados. Las lágrimas la invadían sin aviso y el ahogo propio de aquel llanto que te nace del fondo del alma, no la dejaba respirar.

Sus hijas la veían y no se explicaban el motivo, es más, ella tampoco lo sabía y no tenía manera de controlarlo. Y así se pasó casi un año, llorando por los rincones, sufriendo en silencio y fue tanto que su cuerpo llegó a consumirse. Era como si la tristeza le hubiera absorbido las energías, las ganas de vivir.

Le tomó casi un año recuperarse y los que la queremos estuvimos a su lado en esos momentos y a nuestra manera buscamos animarla poco a poco, porque eso hace una hija con su madre, porque la quiero, porque me importa, porque para mí, su dolor era y aún es mío, porque Aydee es mi mamá, mi Pi. Sigue leyendo «DEPRESIÓN… (¿hormonal?)»