Docencia

«Si prohibimos generamos un trauma, si consentimos producimos otro. El maestro camina en un delgado riel de equilibrio«.

Constantino Carvallo

Cuando era pequeña el juego que más disfrutaba en las vacaciones de verano, era el de la escuelita. Ahí jugaba a ser la maestra de mis hermanas y cuando ellas no querían, era la maestra de mis peluches, barbies, muñecas pelonas, etc. Siempre quise ser profesora.

En el colegio disfrutaba de enseñar a mis compañeras a resolver algunos de sus problemas matemáticos o de explicarles alguna definición que no les había quedado clara. Aunque a ellas solo les interesara quitarme el cuaderno para copiar de mis tareas, eso no me importa mucho porque siempre quise ser profesora.

Tenía 20 años cuando llegó el momento de buscar trabajo y me emocioné hasta las lágrimas cuando conseguí un puesto en un colegio pequeñito del Callao. Recuerdo ese día como si fuera hoy: caminé lento y llena de expectativas ingresé al salón de tercer grado de primaria donde enseñaría computación. Todos eran tan lindos. Yo estaba feliz porque siempre, siempre, siempre quise ser profesora.

Han pasado 23 años desde esa primera experiencia y la vida me ha llevado por diferentes caminos, todos ligados a la educación; sin embargo, este año que por primera vez en mi vida trabajo en un colegio del estado, es también la primera vez que no disfruto de la experiencia. Este año, por primera vez me cuestiono qué estamos haciendo con la educación, ¿es que ya nos dimos por vencidos?

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La desempleadora…

He sido trabajadora dependiente por 17 años y no puedo negar que el universo (los apus, karma, Alá, Jehová, Dios, etc.) ha sido muy generoso conmigo, ya que cada empleo que he obtenido ha sido mejor que el anterior y en un par de oportunidades he tenido que decidir sobre el futuro laboral de quienes conformaban mi equipo de trabajo, lo que implicaba tener que decidir «dejar ir a alguno de ellos», que léase en buen cristiano significa «despedir a alguien». Situación que detesto desde lo más profundo de mi corazón y que me causa casi tanta ansiedad como escuchar el llanto de un roedor.

Tengo un carácter fuerte y quienes no me conocen (e incluso algunos que sí), creen erróneamente que disfruto despidiendo a personas. No tienen ni idea de lo traumático que puede ser esto para mí… Ponerme a pensar en qué será de sus familias, sus deudas, las cuentas y sentía tal nivel de agobio que terminaba hecha una mar de lágrimas o con dolor en el pecho. Por eso siempre lo he evitado, aunque no pude hacerlo en dos oportunidades.

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Siempre Domingo…

Cuando era aún niño, Domingo fue enviado a Lima desde su natal Huancané (Puno) por su padre, quien lo reconoció cuando él ya tenía cumplidos los 12 años. La tía con quien vivió unos pocos años, no lo quería y se lo hacía saber, dejándolo sin comida o botándolo de su casa. Así solo y sin conocer el amor de una familia llegó a la Punta, en donde empezó a trabajar de lo que pudiera. Fue en la Punta, Callao, donde encontró el calor de un hogar, que no era suyo, pero que lo cobijaba aunque sea de a poquito. En la Punta conoció a mi mamá y con ella formó una familia; pero es más que sabido que quien no recibe amor, tampoco sabe darlo. Sigue leyendo «Siempre Domingo…»

¿Inteligente? ¿En serio..?

Las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas tienen más probabilidades de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida, y de dominar los hábitos mentales que favorezcan su propia productividad.

David Goleman

Me considero una persona inteligente, en el más sencillo concepto que se tiene de inteligencia (capacidad para resolver problemas), a estos puedo añadir otras habilidades como la del aprendizaje veloz ante un nuevo reto, lo cual podría ser una consecuencia de mi perfeccionismo latente.

Como mujer inteligente, puedo darme cuenta también de que en una sociedad tan «conservadora» (por no decir «cucufata») como la nuestra, que salgamos a decir abiertamente qué somos, es considerado poco humilde y hasta arrogante. ¿Por qué debemos esperar que alguien nos diga lo que somos y asumirlo como cierto? ¿Por qué si decimos que somos inteligentes abiertamente genera rostros de desaprobación? Sigue leyendo «¿Inteligente? ¿En serio..?»

El TDAH de Daniela

Mi Daniela ya tiene 7 años y tiene TDAH. Le diagnosticaron este trastorno a los 5 años, cuando a causa de que se escapaba del aula de inicial para ir a recorrer las instalaciones de su colegio, mentía en el kioskito y nunca estaba quieta, su profesora nos pidió evaluarla con un psicólogo.

En un primer momento pensamos que todos los problemas familiares que aquejaban a su nuestra disfuncional familia, nos estaban pasando factura con ella; sin embargo, las evaluaciones psicológicas que le hicieron, demostraron que además de los problemas de ansiedad, tenía TDAH. Desde ese momento empezaron las idas y venidas con Daniela.

No quisiera entrar en detalle de lo que están haciendo mal y lo que están haciendo bien con Daniela, pues es su madre quien decide sobre todas las acciones que se ejecutan con ella, pero quisiera compartir con quienes lean esto, algunas reflexiones que esta experiencia me ha dejado.

Los niños con TDAH son como un río desbordado que viaja a gran velocidad, pero sin rumbo; es deber de quienes los rodean, construirles el camino y encausarlos. Una familia desordenada, sin organización ni jerarquías definidas, jamás podrán hacer esto. Lo mismo ocurre en la escuela.

Daniela tiene TDAH y tiene una conducta desafiante oposicionista, por lo que, cree siempre tener la razón, levanta la voz, se enoja, no reconoce la autoridad y si no quiere hacer algo y quieren obligarla, les espera un gran trabajo, pues ella no cede con facilidad. No es una niña agresiva, es tosca. No es una niña mala, es muy cariñosa, pero no mide sus fuerzas, por lo que podría hacer daño a alguien mucho más débil y pequeño que ella y por su mismo trastorno, es propensa a golpear y golpearse mientras correo, salta o se mueve sin control.

En la escuela no le va bien, pues si bien su colegio tiene un grupo pequeño de alumnos, el sistema tradicional que trabajan (aunque me lo hayan negado en reiteradas oportunidades), hace que pasado el mediodía, ella haya llegado al límite de su aburrimiento y por más que tome su medicación, se niega a escribir o mirar la pizarra. Sobre todo si se trata de Matemática, pues, además de todo, tiene discalculia y detesta el curso. Sigue leyendo «El TDAH de Daniela»