«Si prohibimos generamos un trauma, si consentimos producimos otro. El maestro camina en un delgado riel de equilibrio«.
Constantino Carvallo
Cuando era pequeña el juego que más disfrutaba en las vacaciones de verano, era el de la escuelita. Ahí jugaba a ser la maestra de mis hermanas y cuando ellas no querían, era la maestra de mis peluches, barbies, muñecas pelonas, etc. Siempre quise ser profesora.
En el colegio disfrutaba de enseñar a mis compañeras a resolver algunos de sus problemas matemáticos o de explicarles alguna definición que no les había quedado clara. Aunque a ellas solo les interesara quitarme el cuaderno para copiar de mis tareas, eso no me importa mucho porque siempre quise ser profesora.
Tenía 20 años cuando llegó el momento de buscar trabajo y me emocioné hasta las lágrimas cuando conseguí un puesto en un colegio pequeñito del Callao. Recuerdo ese día como si fuera hoy: caminé lento y llena de expectativas ingresé al salón de tercer grado de primaria donde enseñaría computación. Todos eran tan lindos. Yo estaba feliz porque siempre, siempre, siempre quise ser profesora.
Han pasado 23 años desde esa primera experiencia y la vida me ha llevado por diferentes caminos, todos ligados a la educación; sin embargo, este año que por primera vez en mi vida trabajo en un colegio del estado, es también la primera vez que no disfruto de la experiencia. Este año, por primera vez me cuestiono qué estamos haciendo con la educación, ¿es que ya nos dimos por vencidos?
Trabajo con niños con problemas de y para aprender, por lo que, sé muy bien cuáles son los mecanismos que protegen al menor y cuáles son los procesos que debemos seguir como profesionales de la educación para asegurar que ninguno se quede rezagado; pero, qué pasa cuando esta dificultad viene acompañada de problemas conductuales. Es fácil tener en aula a un niño que que «no moleste», «que no hable», «que no interrumpa», «que no dé trabajo al profesor»; pero cuando el estudiante «grita», «se para», «molesta» o «no cumple con lo que se espera de él/ella», nos tiene cansados, hartos y nos desgasta tanto que solo pensamos en la manera de deshacernos de él. Terrible, suena terrible, pero eso es lo que me he encontrado en el colegio nacional y lo peor de todo, con una persona muy cercana a mí.
Es tan agobiante encontrarse con que quienes, se supone, deben proteger, resguardar y asegurar el desarrollo integral del menor en conjunto con sus padres, solo de dediquen a buscar e incluso inventar excusas para deshacerse de una estudiante con discapacidad cognitiva. Que en lugar de averiguar y buscar soluciones para el acoso del que pudiera ser víctima, se le señala y agobia sin control llegando incluso a mentir… porque ¿quién va a dudar de la palabra de un profesor?
Siempre he pensado que educar es un acto de amor, es dar parte de tu vida para mejorar la vida de tus estudiantes. Es abrir mentes, formar carácter, reforzar actitudes, desaparecer miedos; pero mantener el equilibrio es tan difícil. Con un solo error puedes generar todo lo contrario a lo esperado y es que somos docentes, pero también humanos con muchas virtudes, pero asimismo con muchos defectos que estamos constantemente corrigiendo; pero qué pasa con quienes se creen con la capacidad de determinar quién sirve y quién no, a quién protegemos y a quién expectoramos… Y así llego a la conclusión que no te hace mejor docente tener 30 años de servicio o haber llegado a la sexta escala magisterial. Lo que te hace un docente es la calidad humana y moral… Y de esos aún habemos muchas que aunque quedamos desistir, no nos rendiremos hasta obtener de forma justa una educación de calidad y equitativa para todos.
