«Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar aptos para ellas».
John F. Kennedy
Se llamaba C. Era una jovencita muy vivaz, llena de energía y bastante elocuente, pero sobre todo, impetuosa. Siempre levantaba a voz para aclarar, precisar y sobre todo defender a sus compañeras que se quedaban calladas. Según me comentaron algunas de ella, no le importaba pelearse con otras alumnas por lo que ella creía. Si alguien hablaba mal de ella o de alguna de sus amigas, se peleaba; si se sentía atacada, se peleaba; si alguien molestaba a alguna de sus amiga, se peleaba… Me gusta pensar que si se peleaba con el mundo era por lo que creía justo y en eso, me recordaba mucho a mí.
En clases, cuando alguna de sus compañeras no presentaba algún trabajo o llegaba tarde del recreo, siempre levantaba la voz para defenderlas: «miss, ella no vino el miércoles porque su mamá estaba mal», «miss, no ha hecho la tarea porque estaba enferma», «miss, X ha llegado tardes porque la profesora Y la ha retenido», «miss, ¿puede hablar con X porque se siente mal?», etc. Así, se convirtió en la defensora del pueblo, la abogada de los pobres, en mi futura abogada.
No había momento en que no le sugiriera aplicarse, en tratar de motivarla para que pueda seguir una carrera de leyes más adelante y llegar quizá a convertirse en una defensora pública, como mi amiga S., de quien le hablé. Ella se mostraba interesada, motivada por el tema. Para mí, lo importante era que tuviera una meta, un objetivo, una visión de un futuro mejor.
Sin embargo, C empezó a cambiar. De un día para el otro, empezó a mostrarse apática, desganada, dispersa, incluso oposicionista. Era como si ya nada le interesara. Cuando pedí hablar con su mamá, me enteré que vivía con su abuelita y que no tenía contacto con sus padres. Su hermana, bastante joven también, me informó sobre su preocupación por algunas conductas que presentaba y los contactos que tenía por redes sociales. Por la seriedad del tema, conversé con el área de orientación escolar para que el coordinador pudiera intervenir, por el peligro en el que se encontraba. Porque si el desarrollo integral de la estudiante estaba en riesgo, el colegio debería actuar.
El responsable del área me recordó que primero debía tomar medidas yo, antes de hablar con él. Le informé que no era una queja, sino una preocupación. La menor estaba en peligro y necesitaba que la ayudaran. Todo esto lo apuntó en su cuaderno. Pensé ingenuamente que iban a buscar apoyo de algún psicólogo, que con la tutora podían trabajar quizá sobre el riesgo de las redes sociales y fortalecer los vínculos entre las estudiantes, quizá que verían la forma de hacer que todo el grupo tome conciencia sobre la necesidad de pedir ayuda y que no se sientan solas. Días después, me enteré que le mandaron una notificación donde condicionaban su regreso al colegio a la presencia de sus tutores. C nunca más volvió. «Era una estudiante conflictiva», me dijeron. Se querían deshacer de ella y así lo hicieron.
