Hace mucho tiempo, buscando imágenes publicitarias para una clase del colegio, me encontré con un afiche que buscaba vender ROLEX (unos relojes, que tengo entendido son sumamente caros). Para hacerlo, los creativos encargados de la publicidad, no tuvieron mejor idea que explotar la historia de Edmund Hillari, el primer hombre en subir al Everest. Recuerdo que el slogan era «Solo para los que dejan huella».

- Busqué pero no encontré el afiche completo.
Definitivamente las grandes hazañas toman mucho esfuerzo, perseverancia y tiempo. Hoy me he puesto a pensar que todos tenemos nuestros Everest personales, cosas grandes o pequeñas que nos cuestan alma, corazón y vida (como dice la canción). Puede ser obtener una nota añorada, lograr un objetivo «aparentemente imposible», bajar de peso, aprobar un curso, salir con alguien, etc. Esos detalles que nos quitan el sueño y que a veces te gustaría dejar a un lado porque parece imposible, pero nosotros «masoquistas» insistimos en ello.
Si tú estás en esa puja por algo añorado, déjame que te cuenta cuál es mi Everest personal, porque aunque muchos no lo crean no es la pérdida de peso, vaya que no.
Voy al gimnasio desde el mes de marzo (motivos, razones y circunstancias, los comentaré en otro post), pero esta no es la primera vez que lo hago. Recuerdo que la primera vez que pasé por un gym fue en el 2001, porque había bajado mucho de peso y había empezado a recuperarlo y decidí hacer algo al respecto, así que me matriculé en el Planet Fitness (quizá hayas oído hablar de él porque un socio falleció electrocutado mientras corría en una caminadora). Este gimnasio con problemas eléctricos o no, me gustaba mucho, la gente era súper amable, todos vivían como en una familia, y si bien no pude socializar (porque aunque no parezca soy muy tímida), era feliz allí.
En este gimnasio, me obsesioné con el spinning, sin embargo por las molestias que le generaba a mis rodillas, tuve que dejarlo «un poco» y mirar hacia otra dirección, y la dirección hacia donde mis ojos se dirigieron me llevaron a intentar subirme a un step por primera vez en la vida. Resultado final: El step me noqueó. Sí, caí al suelo y no me dio ganas de levantarme.
Recuerdo que frustrada salí de la sala de aeróbicos y juré nunca más volver a subirme a una de esas diabólicas armas de la vergüenza (me refiero al step). Sin embargo, en el gym programaron una clase de introducción para todos aquellos que querían empezar a aprender las maravillas de step y que no conocían las bases de dicha actividad (debieron mencionar también, para todo aquel descoordinado que no sabe cómo subirse y mucho menos bajarse de ese ESCALÓN, porque un step no es más que un ESCALÓN).
Me apunté en la clase y empecé. La instructora se llamaba Karem Pezúa, que ahora es instructora en el Gold’s de San Isidro y Camacho. Fue ella la que de manera extremadamente paciente (en mi caso) me enseñó a como subir en un step y no morir en el intento. Adoré a Karem Pezúa. Por varios meses, sus clases me encantaban y le agarré la gracia al step. Lamentablemente por falta de dinero tuve que dejar el gym y mis ansias de convertirme en una experta quedaron ahí.
Años después, y luego de darme de que lo peor que uno puede hacer es dejar el gimnasio, me inscribí en el Energym, pues por ocupar ahora el local del Planet (según yo) mantendría la misma política de atención al cliente. No fue así. Ahí no desarrollé mucho el step, porque las clases no me gustaban mucho, salvo la de Gina. Tuve una lesión y nuevamente dejé el gimnasio.
Este año, volví y me inscribí en el Gold’s Gym de Minka, pero me pasaron a San Miguel. Ahí conocí al hombre que me hizo tener ganas de abandonar mi cama e ir corriendo a subirme a un step. Fue tanta la maravilla que hasta ahora espero ansiosa a que lleguen las 7:30 PM de todos los martes y jueves. Mi instructor favorito (hasta ahora) de step se llama Duilio de la Peña, su clase me sale (aunque al inicio no mucho) y ahora me siento feliz en ella.
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¿Y dónde está el Everest? Pues mi Everest personal se llama Ivon, sus clases de step son demasiado alucinantes, sus coreografías son maravillosas, ella, que acaba de dar a luz (yo la vi embarazada), es REGIA. Pero sus clases no me salen. Entro, intento, me tropiezo, casi me caigo más veces de las que me gustaría, pero insisto e insisto. Lamentablemente es cosa común que termine con un sentimiento de frustración muy grande. Debo confesar que hasta he llorado de impotencia (claro que con el sudor, no se nota).
Las clases de Ivon, son mi Everest personal, es esa montaña que debo subir y que me hace sudar. Este jueves, Duilio no fue al gym y ella lo cubrió. Toda desanimada y preparándome para la frustración que iba a sentir me quedé, pero oh, maravilla, su clase me salió completita. Aunque demoro debo confesar.
¿Qué había pasado? ¿Es que acaso desperté siendo más coordinada que nunca? ¿O es que por este día, Ivon se compadeció e hizo una clase fácil? Creo que esta última es la respuesta. Porque con el ánimo al máximo y con toda una barra mental, me fui al gimnasio hoy, convencida de que iba a terminar su coreografía. No fue así. Me tropecé DOS veces y en una casi me caigo de nariz. Sin embargo, hoy me reí. Me reí de mi torpeza, de mi descoordinación y sonreí porque ahora no me siento tan torpe como antes. Un par de meses más y la hago. LO JURO.
Creo que estoy llegando a la cima y que pronto podré poner mi banderita en la cumbre. Sé que parece superficial, pero por ahora, en este 2009, este es mi Everest personal, es mi gran reto lograr concluir una clase de Ivon. Sé que lo haré y por eso, hoy me siento feliz.
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Este es mi local. Sí, ese en donde me he cuasicaído en varias oportunidades.
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Para los que creen que es facilito.
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