Mientras espero a que la doctora diga mi nombre y me invite a ingresar a su consultorio para revisar el interior de mi estómago, me doy cuenta de que estoy rodeada de personas con alguna dolencia. No hay nadie más joven que yo. Todos tienen el rostro que muestra desgaste, cansancio, apatía o simple resignación, y me doy cuenta de que yo también la tengo.
El cuerpo se me está desgastando y debo aceptar que eso es así, sobre todo cuando me duelen las articulaciones o encuentro alguna nueva «línea de expresión» en mi rostro.
Me pregunto si es justo, si en este momento en que me siento con tantas ganas de vivir, algunas dolencias me hagan parar la mano. Y así, pensando en esto, me doy cuenta de que debo resignarme.
Acabo de salir de la endoscopia. Me han dicho que descanse, porque como lo pedí, me sedaron… Lo único que vi fue el tubo, no muy delgado que metieron a mi estómago y que no generó dolor… Sino incomodidad. Debo resignarme a que algunos procedimientos son así.
Debo resignarme a esperar que se me pase el mareo del medicamento que me pusieron y a que mi hermana, a quien pedí que me acompañara, me dijera que no le confirmé (a pesar de que le dije hasta en 3 oportunidades) y que así, mareada, tendré que hacer todo sola.
Con cabeza de globo.
Kathy desde mi BB

Mi asunto con la religión es un tanto particular. Tengo la convicción de que Dios existe, que está en todos lados y que escucha, aunque a veces demora, cada cosa que he tenido que decirle en algún momento; sin embargo, no considero necesario estar en una capilla, iglesia, templo o como quieran llamarle, para sentir su presencia. Por eso, me irrita, fastidia, aburre que me insistan con el tema de los domingos, de ir a misa o de reiterarme la importancia de Dios en mi vida, porque eso YA LO SÉ. Es más, considero que la fe en la existencia de un padre bondadoso que observa y guía cada unos de nuestros pasos nos brinda la esperanza de un mañana. La teoría no la sé a precisión, no conozco sobre sacramentos, himnos o mandamientos, pero estoy convencida de que mi Padre quiere que sea feliz, bondadosa y que no haga daño a nadie; y Él que sabe todo lo que hay en mi corazón, sabe que me esfuerzo por actuar de la mejor manera que puedo, aunque a veces, no parezca. 