A mi pollito

La primera vez que vi a Daniela fue como la huella oscura de una ecografía que se realizó mi hermana en el cuarto mes de su embarazo. Era apenas una minúscula manchita, pero incluso desde antes que fuera concebida supe que sería alguien grandioso en mi vida.

 

Al ver que la posibilidad de ser madre se hace más lejana a medida que pasan los años, una sobrinita cubre mi necesidad de dar amor a una pequeña extensión de mí y por ahora, junto con mi madre, ocupan la prioridad en mi vida..

Mi pollito, como la llamo, es una niña tan llena de vida y energía que a veces se nos hace difícil, a todos en casa, seguirle el paso. Tiene una sonrisa que todo lo ilumina y una carita tan dulce que hace imposible enojarse con ella por mucho tiempo, en esto probablemente se parece a todos los niños, pero mi sobrina es excepcional.

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A mis 30

Este año significa mucho para mí porque han pasado 30 años desde que abrí los ojos en este mundo por primera vez. Cada año ha pasado más rápido que el anterior, pero a pesar de eso cada uno de ellos no se han negado a dejarme enseñanzas que se confabulan en la persona que en este momento soy.

A mis treinta me he convencido de que la felicidad es transitoria y querer fingir que eso es mentira solo nos hace frustrarnos. Si la felicidad es efímera, hay que sacarle el jugo a esos pequeños momentos felices que se nos presentan.

He aprendido que la familia, imperfecta y conflictiva, es tuya y que es difícil que no se acerquen a darte la mano cuando te ven llorar.

He aprendido que el trabajo es gratificante, pero también sufrible, pero que si se hace por vocación, a pesar de todo es satisfactorio.

He aprendido entre tanta gente egoísta todavía existen personas que creen y aman a los demás, y que por lo tanto no pierden la oportunidad de ayudar.

Me he convencido de que hay mucha hipocresía en este mundo y que muy a mi pesar, esta no es solo cosa de adultos. También, aseguro que esta sociedad es un agente infeccioso y que día a día nos enferma. ¡Cuánto dinero deben tener los psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas!

A mis treinta he hecho caminatas de más de treinta cuadras bien sea para matar el tiempo o por alguna huelga pro baja en el precio del combustible (gracias, señor chofer de combi). He corrido en dos maratones (bueno, caminado, pero igual cuenta) y he montado bicicleta por más de dos horas seguidas (máster de ciclyng). He escalado cataratas y me he resbalado de ellas, también, he conocido Macchu Picchu, pero no he subido al Huayna Picchu (será para la próxima). Me he embriagado tomando vino y mezclándolo con ron o chelas, motivo por el que la rubia ha salido de mi vida para siempre (eso creo). Sigue leyendo «A mis 30»

Tacones lejanos

Mi mamá y yo el día de mi cumpleaños
Mi mamá y yo el día de mi cumpleaños

Cierta vez tuve una colega que me confesó haber sentido que odiaba a su madre en algún momento de su vida. Antes empezar a juzgarla, le pregunté el porqué de dicha afirmación tan fuerte y chocante, porque tengo que decir que yo siento un gran amor hacia la mía, al menos eso creo; mi colega, me confirmó que dicho sentimiento surgió cuando su madre pasaba por la menopausia y que literalmente se volvió INSOPORTABLE. Rogué en silencio que eso nunca le pasara a mi mamá y seguí adelante.

La verdad es que no mucho tiempo pasó para que viviera en carne propia lo que era tener ese encuentro de sentimientos con respecto a un ser al que desde el inicio de nuestra vida, nos han enseñado nos ama y que la debemos amar (no en vano repetimos de manera metódica “Mi mamá me ama”, “Mi mamá me mima” y “Amo a mi mamá”).

Hoy me puse a pensar en cómo me sentía yo con respecto a mi madre. Mi mamá tiene 52 años y no los aparenta (aunque en los últimos años se ha consumido un poco). Es graciosa, jovial, alegre, bondadosa, colaboradora y cocina muy bien; pero como todo ser humano tiene un defecto y muy grande, su  PESIMISMO.

Cuando decidí ser profesora (contrario a su deseo de que me convirtiera en abogada) se enojó, supongo que se sintió frustrada, y me auguró un patético y miserable futuro. Por eso no postulé a Educación, sino a Comunicación porque abogada como Laura Bozo, JAMÁS.

Muchos se preguntarán por qué no postular a Educación, si al fin y al cabo no iba a convertirme en la prometedora abogada que tanto deseaba mi madre, o al menos me estaba negando a serlo. Por una razón muy simple que tiene un sustento muy personal.

Cuando somos pequeños queremos que nuestra madre nos ame y queremos que nos lo demuestre. Pero ¿qué pasa si, por el contrario, sentimos que este ser que idolatramos quiere a otra persona más que a nosotros? Muy fácil: INSISTIMOS. Solo que mi insistencia se alargó por varios años. ¿Qué más me quedaba, si era muy distinta a ella, si es más, no parece mi mamá? (Tengo alumnos que aún insisten en que soy adoptada).

Esta necesidad de aprobación hizo que estudiara algo que no le desagradara ni a ella ni a mí. Quise equilibrio, mas no lo conseguí. La carrera no me hacía feliz, cuando quise dejarla a la mitad para seguir Educación, el casi infarto que le da a mi madre por la noticia, hizo que volviera a estudiar la tan mentada carrera. Cuando terminé llevé a mi mamá a mi graduación y hasta ahora ella tiene el anuario de recuerdo. Ella se emocionó y lloró por ese momento. Luego de un año sabático estudié Educación y finalmente cumplí lo que tanto quería. Nunca trabajé como comunicadora, siempre como profesora y ya tengo 9 años en este rubro.

Una colega me prestó una película y me vi reflejada en ella: “Tacones lejanos”. No es que mi madre estuviera lejana porque se iba de viaje, porque vivió siempre a nuestro lado y sacrificó parte de su vida en estar muy pendiente de nosotras (somos cuatro hermanas), pero la constante búsqueda de aprobación de la protagonista, es algo que yo sentí y siento (creo) aún en carne propia.

Me duele, me duele querer a mi madre porque me hace llorar. Me duele porque aunque, sé que me quiere, a veces insiste en demostrarme lo contrario. Y me molesto, porque no soy una adolescente y esto ya no debería hacerme daño, pero me lastima porque la quiero.

Mi madre es lejana a mí porque no la comprendo y ella no me comprende; lejana porque nunca será la hija mayor que tanto quiso (empezando porque nunca quiso una hija, sino un hijo); lejana porque todas mis virtudes no valen nada comparadas con mis defectos; lejana porque cuando quiero que me escuché está cansada y cuando quiero oírla, ella prefiera hablar con otra persona; lejana porque si quiero llevarla a un lugar que sé le divertirá, se detiene a ver cada defecto que encuentre; lejana porque si digo que no quiero oírla, soy indiferente; si no tengo hambre, soy una ingrata; si no consigo lo que me propongo, soy una perdedora; si quiero silencio, soy una amargada; si me preocupo en exceso por mi trabajo, soy una tonta; si le digo qué hay que hacer, soy una atrevida y si no se lo digo, soy una imprudente; si pago un gimnasio, soy una derrochadora y si me estreso por no hacer ejercicio, soy una floja; si no puedo pagar el recibo, porque no tengo plata, soy una tacaña, y también lo soy si pido que no gasten todo el saldo del teléfono en solo 20 días.

Me duele querer a mi madre porque intento no quererla y es muy difícil y en el intento solo me hago daño, porque ignorarla me quema y todo eso porque la amo, aunque ella no me lo crea.

Solo me queda respirar profundo, irme a dormir, olvidar todo y seguir adelante.