¿Es que todos necesitamos un psicólogo?

Hasta tus amigos me advirtieron de ti.
Hasta tus amigos me advirtieron de ti.

Hace apróximadamente cuatro año, conocí a una persona que llegó a ser muy especial en mi vida. Sin embargo aquello que comenzó como algo bonito y que aparentemente tenía futuro, se convirtió en algo extraño, para terminar siendo destructivo; cosa que por cierto yo no admitía, hasta que finalmente hice de «tripas corazón» y lo acepté.

Un mezcla de egocentrismo, orgullo excesivo y egoísmo hicieron que mi príncipe se convirtiera en sapo, frente a mis ojos, y aparentemente yo era a única que no lo veía, porque todo aquel que me conocía me aconsejaba terminar todo vínculo con el susodicho.

Finalmente, una pelea «estúpida» hizo que dejáramos de hablarnos durante varios meses, cosa que por cierto asumí sería para siempre. Pero me equivoqué.

Una amiga me dijo que los hombres eran como los perros que te orinan y creen que pueden volver en cualquier momento a buscar nuevamente el mismo punto donde dejaron la huella, esta afirmación tan gráfica, me dejó pensando y sí, tiene razón.

Muchas veces dejamos que personas no positivas, entren en nuestra vida y nos marquen con su influencia, eso se nota en el cambio de gustos, de ropa, de lectura, de pequeños detalles que antes eran solo tuyos, pero que ahora le pertenecen. Estas personas que absorven todo lo bueno que tienes y cuando ya no saben qué más quitarte… Te dejan. Cosa que por cierto deberíamos agradecer.

¿Qué pasa cuando esta persona regresa, como creyendo que nada ha pasado y que solo fue un tiempo de receso? ¿Dejaremos que ahora nos vuelvan a absorver la vida? ¿Qué nos vuelvan a hacer pedazos el autoestima? ¿Nos opanquen la alegría? Esa es una decisión que debemos tomar y por lo tanto, ser capaces de asumir las consecuencias.

Una persona negativa ha intentado regresar a mi vida, con las mismas exigencias que tenía hace seis meses y con las mismas expectativas de aquella época. Una persona que piensa qu epuede humillarme cuando le dé la gana y que el hecho de trabajar en lugares que no son A1, es una vergüenza; una persona que invierte tanto en su cerebro, que se le secó el corazón; una persona que me hizo trizas la confianza y la usó para alimentar su ego; una persona que me dice constantemente que no soy útil ni necesaria; una persona que me hizo sentir que no valía nada y que solo me hacía llorar y odiarme cada día más; una persona que me hizo buscar con urgencia un psicólogo para eliminar cualquier vestigio de su influencia.

Pero esta persona minúscula, insegura, llorona, ignorante, ingenua, tonta, sin riqueza, sin confianza, que trabaja en los Olivos y que vive en el Callao, te dice a ti FAMCD (tus tres nombres y tus dos apellidos) que no te quiere en su vida, que no te necesita, que nunca más permitirá que le envenenes el alma, porque no quiero estar a tu altura, porque quiero ser feliz.

FAMCD búscate un psicólogo… Psiquiatra mejor. Ojalá que la próxima ingenua que esté contigo consiga realmente llevarte a terapia, lamentablemente en eso fracasamos los dos.

¡ADIÓS!

Tacones lejanos

Mi mamá y yo el día de mi cumpleaños
Mi mamá y yo el día de mi cumpleaños

Cierta vez tuve una colega que me confesó haber sentido que odiaba a su madre en algún momento de su vida. Antes empezar a juzgarla, le pregunté el porqué de dicha afirmación tan fuerte y chocante, porque tengo que decir que yo siento un gran amor hacia la mía, al menos eso creo; mi colega, me confirmó que dicho sentimiento surgió cuando su madre pasaba por la menopausia y que literalmente se volvió INSOPORTABLE. Rogué en silencio que eso nunca le pasara a mi mamá y seguí adelante.

La verdad es que no mucho tiempo pasó para que viviera en carne propia lo que era tener ese encuentro de sentimientos con respecto a un ser al que desde el inicio de nuestra vida, nos han enseñado nos ama y que la debemos amar (no en vano repetimos de manera metódica “Mi mamá me ama”, “Mi mamá me mima” y “Amo a mi mamá”).

Hoy me puse a pensar en cómo me sentía yo con respecto a mi madre. Mi mamá tiene 52 años y no los aparenta (aunque en los últimos años se ha consumido un poco). Es graciosa, jovial, alegre, bondadosa, colaboradora y cocina muy bien; pero como todo ser humano tiene un defecto y muy grande, su  PESIMISMO.

Cuando decidí ser profesora (contrario a su deseo de que me convirtiera en abogada) se enojó, supongo que se sintió frustrada, y me auguró un patético y miserable futuro. Por eso no postulé a Educación, sino a Comunicación porque abogada como Laura Bozo, JAMÁS.

Muchos se preguntarán por qué no postular a Educación, si al fin y al cabo no iba a convertirme en la prometedora abogada que tanto deseaba mi madre, o al menos me estaba negando a serlo. Por una razón muy simple que tiene un sustento muy personal.

Cuando somos pequeños queremos que nuestra madre nos ame y queremos que nos lo demuestre. Pero ¿qué pasa si, por el contrario, sentimos que este ser que idolatramos quiere a otra persona más que a nosotros? Muy fácil: INSISTIMOS. Solo que mi insistencia se alargó por varios años. ¿Qué más me quedaba, si era muy distinta a ella, si es más, no parece mi mamá? (Tengo alumnos que aún insisten en que soy adoptada).

Esta necesidad de aprobación hizo que estudiara algo que no le desagradara ni a ella ni a mí. Quise equilibrio, mas no lo conseguí. La carrera no me hacía feliz, cuando quise dejarla a la mitad para seguir Educación, el casi infarto que le da a mi madre por la noticia, hizo que volviera a estudiar la tan mentada carrera. Cuando terminé llevé a mi mamá a mi graduación y hasta ahora ella tiene el anuario de recuerdo. Ella se emocionó y lloró por ese momento. Luego de un año sabático estudié Educación y finalmente cumplí lo que tanto quería. Nunca trabajé como comunicadora, siempre como profesora y ya tengo 9 años en este rubro.

Una colega me prestó una película y me vi reflejada en ella: “Tacones lejanos”. No es que mi madre estuviera lejana porque se iba de viaje, porque vivió siempre a nuestro lado y sacrificó parte de su vida en estar muy pendiente de nosotras (somos cuatro hermanas), pero la constante búsqueda de aprobación de la protagonista, es algo que yo sentí y siento (creo) aún en carne propia.

Me duele, me duele querer a mi madre porque me hace llorar. Me duele porque aunque, sé que me quiere, a veces insiste en demostrarme lo contrario. Y me molesto, porque no soy una adolescente y esto ya no debería hacerme daño, pero me lastima porque la quiero.

Mi madre es lejana a mí porque no la comprendo y ella no me comprende; lejana porque nunca será la hija mayor que tanto quiso (empezando porque nunca quiso una hija, sino un hijo); lejana porque todas mis virtudes no valen nada comparadas con mis defectos; lejana porque cuando quiero que me escuché está cansada y cuando quiero oírla, ella prefiera hablar con otra persona; lejana porque si quiero llevarla a un lugar que sé le divertirá, se detiene a ver cada defecto que encuentre; lejana porque si digo que no quiero oírla, soy indiferente; si no tengo hambre, soy una ingrata; si no consigo lo que me propongo, soy una perdedora; si quiero silencio, soy una amargada; si me preocupo en exceso por mi trabajo, soy una tonta; si le digo qué hay que hacer, soy una atrevida y si no se lo digo, soy una imprudente; si pago un gimnasio, soy una derrochadora y si me estreso por no hacer ejercicio, soy una floja; si no puedo pagar el recibo, porque no tengo plata, soy una tacaña, y también lo soy si pido que no gasten todo el saldo del teléfono en solo 20 días.

Me duele querer a mi madre porque intento no quererla y es muy difícil y en el intento solo me hago daño, porque ignorarla me quema y todo eso porque la amo, aunque ella no me lo crea.

Solo me queda respirar profundo, irme a dormir, olvidar todo y seguir adelante.