“Porque a veces un susurro no es más que un grito ahogado”.
(KJEF)
Se encuentran en un rincón, alejados de ti y a veces no los ves. Buscas sus ojos, pero no te dan la cara; sin embargo sonríen entre ellos, te miran de reojo y hablan tan quedo que sus palabras se pierden con el sonido del aire. No los oyes, pero sabes que hablan de ti.
Me ha pasado varias veces, esa sensación de que eres observado y que tu nombre se repite entre dientes, no sabes qué dicen, pero no debe ser nada bueno porque cuando al fin, luego de tanto buscar, tus ojos se cruzan con los suyos, el silencio más incómodo invade el ambiente.
Que alguien te susurre cosas al oído es romántico, que te cuenten algo con voz entrecortada y queda, te vuelve cómplice de los secretos más profundos que alguien ha decidido confiarte y esto genera un vínculo que fortalece la amistad; pero esos susurros que miran de reojo, que voltean, callan y ocultan aquello que tus labios no se atreven a pronunciar en voz alta, no es ni romántico ni señal de amistad, por el contrario, se contagia de la hediondez que acompaña todo acto traicionero, sobre todo cuando esto que parece casualidad, no es más parte de un acto que roza casi el exhibicionismo (impulso excesivo por llamar la atención y ser el centro de todo o todos).
Este breve post va dedicado a tod@s aquell@s que no se toman el tiempo de ver el roble que tienen en el propio ojo, pero no tienen reparos en contabilizar y exagerar todas las astillas que proliferan en el ojo ajeno. Aquellos que olvidan lo que significa la lealtad o que por un asunto de moda, quizás, olvidan que la amistad se constituye en las cosas sencillas que se comparten con el otro.
Si a ti abruma y decepciona que una persona que fue receptor de tu afecto, ahora te dé la espalda para hablar quedo por los rincones, no te preocupes, no eres el único. Y si, tú, tú mismo… ME DECEPCIONAS (las explicaciones del caso en el próximo post).

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