Hace un par de días, conversaba con un amigo sobre la naturaleza del juego que lo absorbe en Facebook; así empezó a contarme de sus pescaditos, sus colores, diferencias y el caracter de alguno de ellos. La conversacion trivial que tenía por finalidad darme sueño, pues pasaba la medianoche y de Morfeo ni las luces, se volvió interesante cuando me dijo algo que me dejó pensando durante casi toda la noche: “Este es mi pescadito géminis, el que se demora demasiado en darme cosas, pero en cuanto me dé lo que quiero y le salga su coronita, se la quito y se morirá”. Osea, alimentas a tu pez, lo cuidas y luego, cuando obtienes de él lo que quieres, lo eliminas. Esto me dejó consternada porque se parece en mucho a lo suele suceder en la realidad. ¿Cuántas veces no hemos sentido que nos endulzan el oído, insisten y buscan hasta conseguir lo que en secreto, es lo único que desean de ti, y luego te desechan? ¿Cuántas veces nos hemos sentido deseados, usados y descartados a una velocidad inaudita?
Cuando trabajaba en Pamer de Jesús María, tuve a una alumna, cuyo nombre no recuerdo, que era una muñeca preciosa. Curvilínea, voluptuosa, con cara de ángel, ojos verdes, cabello castaño, pequitas traviesas y rizos que eran de comercial. Lamentablemente, se encontraba enamorada de un chico que no la valoraba, que la engañaba con medio colegio y que la humillaba. Cuando le pregunté por qué una mujer tan linda como ella, que podía estar con quien quisiera, se humillaba cediendo con tan vil ser, me dijo que al menos con él tenía la seguridad de que no la usaba como un trofeo. Su gran miedo era que se le acercara un individuo cualquiera y que la buscara solo para exhibirla, usarla y botarla. Tan poca era el autoestima de mi hermosa ex aluma que no se daba cuenta de que ella merecía encontrar a un hombre que la amara no solo por el bonito estuche en el que estaba envuelto, sino por lo hermoso de su corazón. Espero que lo haya entendido y que ahora sea feliz. Sigue leyendo «A voltear la tortilla se ha dicho…»

Mi asunto con la religión es un tanto particular. Tengo la convicción de que Dios existe, que está en todos lados y que escucha, aunque a veces demora, cada cosa que he tenido que decirle en algún momento; sin embargo, no considero necesario estar en una capilla, iglesia, templo o como quieran llamarle, para sentir su presencia. Por eso, me irrita, fastidia, aburre que me insistan con el tema de los domingos, de ir a misa o de reiterarme la importancia de Dios en mi vida, porque eso YA LO SÉ. Es más, considero que la fe en la existencia de un padre bondadoso que observa y guía cada unos de nuestros pasos nos brinda la esperanza de un mañana. La teoría no la sé a precisión, no conozco sobre sacramentos, himnos o mandamientos, pero estoy convencida de que mi Padre quiere que sea feliz, bondadosa y que no haga daño a nadie; y Él que sabe todo lo que hay en mi corazón, sabe que me esfuerzo por actuar de la mejor manera que puedo, aunque a veces, no parezca.