Domingo

Un padre no es el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da el amor.

Se llama Domingo y no recuerdo si fue un domingo que decidió irse para olvidarse de nosotras; pero sí que fue un domingo, luego de más de diez años, que regreso para escuchar lo que teníamos que decirle y fue este domingo cuando confesó que se sentía demasiado solo y quería volver a casa y recomenzar.

No comprendo qué puede llevar a un padre a abandonar a sus hijas, pero entiendo lo difícil que debe ser aceptar que se ha equivocado, que se ha herido y chocarte con la mirada acusadora de tu hija mayor, que ya dejo de ser una adolescente tonta y ahora es una mujer. Imagino que mi padre pensó que sus hijas, al menos las tres que quedamos en casa, seguíamos siendo las mismas de hace doce años, que pensábamos igual, que no habíamos cambiado nada. Que seguíamos siendo esas jovencitas a las que podía decirles una mentira, la cual creeríamos y aceptaríamos como verdad. ¡Qué difícil debe ser escuchar decir de tus propias hijas que no te creen y que si quieres empezar bien, lo hagas sin mentir!

Hoy nos sentamos todas las que vivimos en casa y le dijimos, cada una de nosotras, lo que pensábamos. Me sorprendió ver que mi hermana, la enfermera, la que siempre calla, la que solo escucha, la calmada, la serena, le dijera que podía volver, pero «no te equivoques, pues serás como un inquilino. No te vamos a negar nada porque es tu casa, pero no pienses que las cosas serán como antes. No tan rápido al menos». No es tan débil como pensé.

Este ha sido un día intenso donde se dijo de todo, como mamá que le hizo recordar que nadie le dijo que se fuera y que si se olvidó de nosotras fue por venganza, que si ahora vuelve es porque no tiene a nadie y que si ella respeta lo que deciden sus hijas (nosotras) lo hace porque en este mundo TODO SE PAGA y ella quiere tener una vejez tranquila. Que nunca olvide que se olvidó de sus hijas y que ellas son las que lo están disculpando, pero que no espere que lo queramos de nuevo, pues si él podía olvidarse de nosotras, nosotras también podíamos hacerlo de él.

No voy a mentir, no siento odio por mi padre, no tendría por qué, pero siento un dolorcito en el pecho que se genera por lágrimas aguantadas, sentimientos contenidos, tanto por decir y que no se pudo en su debido momento. No lo odio, pero tampoco lo quiero. Le agradezco que me diera la vida, le agradezco que al menos respetara nuestra voluntad y que estuviera dispuesto a escucharnos, sin reproches, sin reclamos, sin nada; pero no me olvido que se fue cuando más lo necesitábamos, que todo se nos vino encima y que por eso se consumió un poco de mí.

Dice que ha cambiado, que no es el mismo de antes, que cometió errores, pero que no volverá a hacerlo. Que no nos pide nada, que solo quiere estar en su casa y con su familia, que quiere reparar todo lo que se pueda (ojo que no se refiere a sentimientos, pues mi padre siempre fue un témpano) y que veremos que es una mejor persona. No le creo, pero quiero hacerlo, pero aunque lo intento no puedo y él lo sabe. La decisión está tomada.

Así fue como un domingo cualquiera de abril, Domingo se sentó a escucharnos, calló y se disculpo, y aunque no le creamos y tengamos nuestras dudas… decidimos darle una nueva oportunidad.

con mi papà en caballito

Foto antigua, una de las poquísimas que tengo con mi padre. Yo tenía cuatro, él 35.

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